El pasado miércoles nos ha dejado uno de los más grandes actores del séptimo arte. Kirk Douglas, cuyo verdadero nombre era Issur Danilovich Demsky, progresista y filántropo hasta el final, no solo ha interpretado a personajes inolvidables del séptimo arte, de esos que perduran en nuestra memoria, sino que también ha luchado contra la censura y cualquier forma de racismo y fascismo con las que tantas veces el cine se ha cruzado a lo largo de su historia.
Su apoyo e insistencia en que el nombre de Dalton Trumbo (guionista de Espartaco) siguiese apareciendo en los títulos de crédito, pese a todo tipo de amenazas, supuso un “no” rotundo a esa actitud de comulgar con el miedo que muchos otros trabajadores del mundo del cine se vieron obligados a aceptar durante la llamada “caza de brujas” del macarthismo. Pero el bueno de Kirk, protagonista y productor de la película, fiel a sus principios a pesar de toda clase de impedimentos, continuó en la lucha y gracias a él podemos disfrutar de todo un alegato a la libertad y un repertorio de clásicos y obras maestras indiscutibles de la historia del cine.
Ese impulso necesario que por aquel entonces un joven Kubrick (con el que ya había trabajado en Senderos de gloria de 1957) recibió de manos de Douglas, cuando nadie confiaba en su decisión de poner al frente de un proyecto de aquella magnitud a un director tan perfeccionista como él, contribuyó a que la figura del cineasta creciese, convirtiéndose en un director respetado y cada vez más admirado. Pese a no haber cosechado el éxito esperado en la época, Senderos de gloria, antibelicista e innovadora en sus planos, es una de las películas de las que se sentía más orgulloso. Aunque confesaba no sentirse del todo cómodo o satisfecho al verse en sus trabajos, porque sentía que podría haberlo hecho mejor, siempre con un afán de perfeccionamiento, una de las películas de las que estaba más orgulloso en cuanto a su imagen era el western Los valientes andan solos (Lonely are the Brave, de David Miller, 1962)
Su filmografía es tan extensa (107 películas en las que aparece como reparto y 3 como director) que este sería un artículo interminable si escribiese sobre todas ellas, así que en cuanto al cine negro, que es lo que nos ocupa aquí, ha interpretado unos cuantos papeles más que destacables como Midge en El ídolo de barro (Champion, de Mark Robson, 1949) película en la que interpreta a un boxeador obstinado e impulsivo, Whit en la magnífica Retorno al pasado (Out of the Past, de Jacques Tourneur, 1947) considerada una de las mejores del género y una de mis preferidas junto a El extraño amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers, de Lewis Milestone, 1946) que supuso su debut en la pantalla, o El gran carnaval (Ace in the Hole, también conocida como The Big Carnival, de Billy Wilder, 1951) todas ellas obras de referencia del noir, por no hablar de tantos y tantos títulos en casi todos los géneros cinematográficos, como el western El último tren de Gun Hill (Last Train from Gun Hill, de John Sturges, 1959), la maravillosa El loco del pelo rojo (Lust for Life, de Vicente Minnelli, 1956) donde interpreta al atormentado Vincent Van Gogh de manera magistral. En Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, de Vicente Minnelli, 1952), sobre el cine dentro del cine, está pletórico y cómo no, sus dos obras maestras bajo la dirección de Stanley Kubrick, Espartaco (Spartacus, 1960) y Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957)
Con él, actor versátil donde los haya, grande entre los grandes, se va el último de los actores clásicos de aquella época memorable de la historia del cine, de la que solo nos queda la gran Olivia de Havilland como última estrella de las actrices del Hollywood dorado.
Hoy, todos los aficionados al cine con letras mayúsculas somos Espartaco, somos Kirk Douglas.
Textos © 2020, Guillermo López Mao
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